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Cristo acercó el reino de Dios a este mundo. Y aunque ese reino aún no está instaurado en plenitud debe transformar nuestras vidas, de forma que vivamos como si ya lo estuviera, guardando y viviendo “todas las cosas que os he mandado”.

Cristo nos envió así como el Padre le envió a Él, para que vivamos la vida que Él vivió, una vida de fidelidad, amor y obediencia que agrade a Dios. Solo así podremos transformar este mundo, del que somos responsables ante Dios, y alcanzar la vida eterna.

Y para poder llevar adelante la Misión de Dios contamos con el poder sustentador y la presencia permanente del Espíritu Santo. Él nos lleva a Cristo, Él convence de pecado, Él nos fortalece para que podamos ser luz y nos muestra la realidad del amor de Dios, tanto hacia nosotros como hacia los demás.

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