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¿Puede Dios perdonarme…? ¿A pesar de lo grave que hayan podido ser mis faltas o delitos? ¿Puede Dios, sin más, perdonar cualquier cosa?

¡Por supuesto! Somos nosotros quienes tenemos problemas para perdonar, pero Dios no los tiene. Y lo cierto es que todos nosotros necesitamos una buena dosis de perdón, del perdón de Dios.

Una célebre frase de Pascal, dice así: «Ciertamente es un mal estar lleno de defectos, pero es un mal, mayor aún, estar lleno de ellos y no estar dispuesto a reconocerlos».

A la luz de esta declaración, vemos que los seres humanos se dividen en dos tipos: no los culpables y los «justos», como mucha gente piensa, sino más bien, dos clases de personas culpables. Hay gente culpable que reconoce sus errores, y hay gente culpable que no los reconoce.

Y estos dos grupos quedan magistralmente plasmados en un suceso que se narra en el capítulo 8 del evangelio de San Juan.

El incidente tiene lugar en los atrios del templo, donde Jesús está impartiendo sus enseñanzas. De pronto, un grupo de líderes religiosos interrumpen en la escena arrastrando hasta allí a una mujer sorprendida in fraganti en adulterio.

Según la costumbre, la habrían desnudado hasta la cintura como señal de su vergüenza. Aterrada, indefensa y humillada en público, la mujer se encoge delante de Jesús, cubriéndose con los brazos sus pechos desnudos.

Por supuesto, para el adulterio hacen falta dos, pero allí está la mujer, sola, delante de Jesús. 

Eso sí, Juan aclara que la verdadera intención de los acusadores no era tanto castigar un delito, sino, en realidad, tenderle una trampa a Jesús; y era una trampa muy astuta: La ley de Moisés decretaba la muerte por apedreamiento, como pena por el adulterio, pero las leyes romanas prohibían a los judíos llevar a cabo ejecuciones.

¿Acataría Jesús el legalismo de las normas mosaicas, desafiando así la ley de los dominadores romanos? ¿o impediría que sea ajusticiada, arriesgándose entonces a las críticas de los religiosos judíos? Ambas opciones eran muy comprometedoras.

Una treta bien estudiada para atrapar en público a Jesús. Siendo que era bien conocido por su fama de hacer misericordia, ¿encontraría alguna forma de sacar a esta adúltera de su difícil situación?

Si lo hiciera, estaría desafiando la ley de Moisés ante una multitud reunida en los mismos atrios del templo. Todos los ojos estaban fijos en Jesús. En ese momento tan cargado de tensión, Jesús hace algo único: se inclina y escribe con el dedo en el suelo. De hecho, ésta es la única escena de los evangelios que presenta a Jesús escribiendo.

¿Qué escribía en la tierra?. No se nos dice, aunque en su película sobre la vida de Jesús, el director Cecil DeMille, lo presenta escribiendo los nombres de diversos pecados: adulterio, asesinato, orgullo, codicia, lujuria. Cada vez que Jesús escribe una palabra, se retiran unos cuantos fariseos más.

Esta interpretación de DeMille, como todas las demás, es una conjetura. Lo único que sabemos es que, en aquel momento cargado de tensión, Jesús se detiene, guarda silencio y escribe palabras en el suelo con el dedo.

Los allí presentes, probablemente todos, asumían dos categorías de actores en este drama: la mujer culpable, atrapada en su delito, y los «justos» acusadores, que son, al fin y al cabo, profesionales de la religión.

Cuando Jesús habla por fin, desarma por completo a una de estas categorías, porque, dirigiéndose a los fariseos, preparados para apedrear a la mujer, les recrimina: «El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella».

Y acto seguido se inclina de nuevo para seguir escribiendo, tomándose su tiempo, mientras los acusadores, uno a uno, se van escabullendo.

A los fariseos, les salió el tiro por la culata, y la trampa se volvió contra ellos. Entonces, Jesús se endereza y se dirige a la mujer que se ha quedado sola frente a Él. «Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?» «Ninguno, Señor», responde ella. Momentos antes, esta mujer vislumbraba solo su inminente ejecución, pero ahora Jesús le absuelve: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más».

De esta forma, y con un brillante golpe de efecto, Jesús reemplaza las dos categorías de la escena, justos y culpables, por dos categorías diferentes: pecadores que lo admiten y pecadores que lo niegan.

La mujer sorprendida en adulterio, no tuvo más remedio que admitir su culpa. Mucho más problemáticas eran las personas como los fariseos, que negaban o reprimían su culpa. Y hemos de admitir que nosotros no somos muy diferentes. Tendemos a situarnos en el papel de los acusadores, más que en el de los acusados.

Nos fijamos en los errores y defectos de los demás, y en cambio, tendemos a negar y a excusar nuestras faltas, en lugar de admitirlas y confesarlas. Miramos la paja en el ojo ajeno, y pasamos por alto la viga que hay en nuestro ojo.

Y sin embargo, si entendemos correctamente este relato, es la mujer pecadora la que está más cercana al reino de Dios. De hecho, sólo hay una forma de entrar en el plan que Dios tiene para nosotros: revestidos de la actitud de aquella mujer pecadora, humillados, sin excusas, y con las manos abiertas para recibir el perdón y el amor de Dios.

Y para recibir ese perdón y ese amor de Dios, debo abrir la puerta de mi corazón, admitiendo, y reconociendo sin excusas mi pecado. Mostrando arrepentimiento genuino. 

Y así, una vez restaurado y perdonado, podré sentirme aceptado por Dios, como parte y miembro de su familia. Y así, en esa nueva condición, como hijo de Dios, podré levantar mi mirada y caminar mirando al frente, con la conciencia limpia, y dispuesto a obedecer su mandato: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más».

Sin lugar a dudas, el arrepentimiento es la única puerta que Dios ha preparado para que accedamos a su perdón. Si abrimos esa puerta, Él puede perdonar cualquier pecado, hasta el más oscuro, hasta el más vergonzoso, hasta el más atroz. El arrepentimiento nos abre el camino hacia un futuro nuevo y lleno de expectativas, hacia una relación restaurada con nuestro Dios.

Seguro que todos tenemos muchos puntos oscuros en nuestra vida, por los cuales podríamos ser acusados y merecer nuestra justa condena, pero hemos de entender, que el propósito de Dios no es condenar, sino rescatar. Él no es el oscuro Dios acusador, sino el padre amoroso que ansía abrazar y perdonar al hijo pródigo.

Jesús declaró que, “ …de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” (Juan 3: 16)

En otras palabras, Dios despierta mi culpabilidad para ayudarme. Dios no está tratando de aplastarme con mi culpa, sino de liberarme, y esa liberación exige de mí, un espíritu indefenso, como el de aquella mujer sorprendida en su pecado; no el espíritu soberbio de los fariseos. Por eso es que Jesús llamó a los fariseos, ciegos guías de otros ciegos.

Lo cierto es que, en aquella escena en los atrios del templo, los líderes judíos se fueron alejando en silencio, acusados por su conciencia, ante la inesperada respuesta de Jesús; comenzando desde los más viejos hasta los más jóvenes. Era evidente que los hombres más ancianos tenían mayor conciencia de sus pecados que los más jóvenes. La cuestión era admitirlos, o no admitirlos.

En fin, este suceso narrado en el capítulo 8 de San Juan, resulta instructivo en todos los sentidos, y te invito a que lo leas con tranquilidad, porque en este pasaje, si una cosa queda bien clara es que, para Dios, la compasión y el perdón están por encima del legalismo y la justicia, por mucho que estas se defiendan al amparo de ideologías religiosas.

Que el Dios de todo perdón te bendiga con lo mejor de su amor.

(Inspirado y adaptado de Gracia divina versus condena humana, de Philip Yancey)  

Imagen por Trym Nilsen en Unsplash

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